Los héroes que habitan en cada uno de nosotros

Palabras para recibir el premio de la Sociedad Bolivariana de Pereira al “Personaje del Año 2026” y “A toda una vida” durante el acto realizado el pasado 30 de julio en la capital de Risaralda.

por Jorge Emilio Sierra Montoya

En Marsella, cuando yo era apenas un niño que se acercaba a la adolescencia,
don Gentil Flórez me regaló el libro “Los Héroes” del historiador inglés Thomas
Carlyle, para quien “La historia de la humanidad es la biografía de los grandes
hombres”, según su célebre frase que habría de marcarme por el resto de la vida.
Con el paso de los años, solía recordar que tuve ese libro en mi infancia y que
entonces lo leí con pasión, pero había olvidado cómo lo obtuve. Fue mi hermano
Rubén Darío, gracias a su memoria prodigiosa, quien hace poco me hizo tan
afortunada revelación.


Ahí empecé a atar cabos. Y recordé que ahí, en mi bello y amado pueblo de
infancia, don Gentil y mi abuelo materno, Felipe Montoya, eran amigos y hasta
lideraron, a mediados de los años sesenta del siglo pasado, la agitada campaña
municipal por la creación del departamento de Risaralda para separarnos del viejo
Caldas, tarea de la que finalmente salieron triunfantes con el correspondiente
apoyo popular.


La citada donación bibliográfica que recibí se debió -supongo ahora- a dicha
amistad, pues fui el nieto preferido de “don Felipe”, quien me hacía leer en voz
alta, en su café de la Plaza de Bolívar, los editoriales del periódico “La Patria” de
Manizales (como buen godo que era) para descrestar a sus amigos que me
aplaudían con entusiasmo, admirados ante este flaquito con sólo cuatro años de
edad, según mis cuentas.


El abuelo, además, me había obsequiado otro libro: “Dioses, tumbas y sabios”, de
Ceram, el cual me remontó a los lejanos orígenes de la humanidad, nada menos.
Don Gentil, en consecuencia, debió haberle seguido el ejemplo.
Ambos, pues, fueron dos de mis héroes en la niñez, ellos sí de carne y hueso, a
diferencia de los personajes fantásticos de cuentos infantiles en “Las mil y una
noches”, cuyos relatos maravillosos me deslumbraron.

Periodista en ciernes

A don Gentil le perdí el rastro, pero no a mi abuelo, quien a fines de los sesenta se
vino con su familia a residir en Pereira, adonde la nuestra se había anticipado en
unos cuantos meses, con mi madre, Mary Montoya López, a la cabeza, pues
había tomado las riendas de la casa tras el asesinato de papá, Emilio Sierra Caro,en 1957, durante el terrible período de La Violencia. Ella fue, sin duda, la primera
heroína en mi vida.

Ahora bien, el viejo, que se iba acercando a los ochenta años en que habría de
fallecer, veía con agrado cómo su nieto Jorge, “El menor de Mary”, conservaba la
afición por la lectura, ahora en los periódicos locales -“El Diario” y “El Imparcial”,
por ejemplo- o en los pocos libros de su propiedad, como “El Parnaso Literario”,
famosa antología de los mejores poetas colombianos, además de empezar a
escribir sus primeros versos y artículos que lo llevaron a convertirse en orador del
colegio Rafael Uribe Uribe, donde no tardó en dirigir el centro literario y fundar,
también bajo su dirección, un periódico estudiantil: “Satélite”, nombre en tácita
referencia a la era espacial que se estaba abriendo paso en el mundo.


“Ya es hora, mijo, de publicar sus escritos en un periódico donde tengan más
difusión”, me dijo. Y, sin pensarlo dos veces, salió con la carpeta de artículos y
conmigo hacia la sede de “El Diario”, situada a la vuelta de su casa, para hacerle
dicha propuesta al director del periódico, Alfonso Jaramillo Urrego, quien nos
atendió de inmediato, asumiendo el compromiso de leer los artículos para tomar la
decisión de rigor.

Por fortuna, días después anunció su aprobación, convirtiéndome así en
colaborador habitual, con una columna editorial titulada “En voz alta” e ilustrada
con mi fotografía, la de un jovencito con apenas trece años encima, cuya tarjeta de
identidad (sin cédula, claro) figuraba en un flamante carnet de periodista, firmado
por el director y su gerente, a mucho honor.


No me cambiaba por nadie, igual que el abuelo.

Directivos y miembros de la Sociedad Bolivariana de Pereira, al término de la solemne ceremonia. Al centro, Jorge Emilio Sierra.

El salto a La Patria

Él, sin embargo, poco tardó en declararse inconforme, a pesar de los notorios
avances que el suscrito había conseguido. Quería, en definitiva, que yo pasara a
ser colaborador del diario “La Patria”, de Manizales, por considerarlo el principal
periódico regional, con mayor circulación y, sobre todo, con prestigiosos escritores
como Silvio y Aquilino Villegas, Rafael Lema Echeverri, Luis Donoso, Tomás
Calderón -Mauricio- y Luis Yagarí, entre otros, a quienes él había leído de tiempo
atrás en Marsella.


Averiguó, en fin, que Yagarí (Gonzalo Uribe Mejía era su nombre de pila), exitoso
cronista de La Patria por sus muy leídas Jornadas, residía en Pereira y estaba a
cargo de la sección sobre la recién nacida capital del departamento de Risaralda,
por lo cual vio la posibilidad de repetir lo sucedido en El Diario, dando un salto
mayor.

Esta vez, en cambio, prefirió dejarme solo, sin su compañía, para llevar de nuevo
la carpeta de artículos a don Gonzalo, quien residía con su esposa, doña Elenita
Palacio, cerca del Parque La Libertad, por la carrera sexta, antes de trasladarse asu más conocido refugio en un pasaje que conduce a la Plaza de Bolívar, entre
carreras séptima y octava.


Lo cierto es que Yagarí me atendió tan pronto llegué a su residencia; se declaró
sorprendido por mi temprana edad, ¡con sólo quince años!; admitió que, como
asiduo lector de El Diario, ya me había leído, y aseguró, para despedirse, que
enviaría alguno de mis artículos al periódico si era de su completo agrado, lejos de
garantizarme que se publicara.


¡Y se publicó! Pero, no fue obra suya sino -¡Válgame Dios!- del famoso “Poeta de
La Ruana”, quien había recortado una de mis columnas de “El Diario” sobre el
novelista caldense Iván Cocherín, pidiendo al periódico manizaleño su
reproducción, solicitud de la que era imposible negarse. “Envío del poeta Luis
Carlos González Mejía”, rezaba una nota debajo del título de mi columna -“En voz
alta”-, seguido por mi nombre.


Así, el maestro Luis Carlos y Yagarí me permitieron dar el salto periodístico a La
Patria de Manizales, como era el deseo de mi querido abuelo, e iba creciendo, en
consecuencia, la lista de héroes que hacían proezas conmigo, según pensaba con
la imagen lejana del libro de Carlyle como punto de referencia.

Cultura en Manizales

Al llegar a Manizales en 1973 con el fin de estudiar Filosofía y Letras en la
Universidad de Caldas, el mundo de la cultura se abrió de par en par, entrando por
la puerta estrecha de la filosofía y con la guía de profesores como Norma
Velásquez y Raúl Aristizábal (formados en La Sorbona de París y La Gregoriana
de Roma, respectivamente), dos héroes más en mi incipiente aventura académica,
a quienes se sumaron, en los campos de la literatura y el periodismo, directivos y
compañeros de “La Patria”, como Jorge Santander Arias, Guillermo Lema, Mario
Escobar, Alberto Londoño Álvarez y la familia Restrepo Restrepo, propietaria del
periódico.


Llegué a ser director del prestigioso suplemento literario cuando ni siquiera había
terminado estudios superiores, pero al concluirlos se puso en marcha mi vida
laboral como periodista de planta junto a tres directores, en su orden: Augusto
León Restrepo, José Aristizábal Estrada e Ignacio Restrepo Abondano -¡otros
héroes!-, quienes supieron lidiar con mis notas editoriales que fueron despejando
el camino hacia el mundo real, social, político y económico, complemento
indispensable para quien presumía ser escritor sin serlo, pues aún no tenía
siquiera un libro de mi autoría para mostrar.

Ese primer libro, en buena hora, salió a flote cuando escribí mi tesis de grado
sobre la metafísica cartesiana, siendo Descartes un héroe de dimensión universal
que también entró a la lista de mis autores predilectos. Allí, en dicha obra, puse a
prueba al ensayista literario en que me venía convirtiendo a través de obras maestras de autores como Rimbaud y Whitman, Huxley y Kafka, Lord Byron y
García Márquez, pero incursionando ahora en el terreno filosófico, tan abrupto y
complejo, que exigía un lenguaje especializado y el rigor indispensable. El intento
no fue en vano, pues la tesis, que fue meritoria, estuvo a punto de ser laureada.
Por su lado, el periodismo me fue llevando hacia personalidades locales con
proyección nacional, como Fernando Londoño Londoño y Adel López Gómez,
Juan Bautista Jaramillo Meza y su esposa Blanca Isaza, Luis Yagarí y Efe
Restrepo Esse, Otto Morales Benítez y Javier Arias Ramírez, José Vélez Sáenz y
Gonzalo Sánchez, Arturo Zapata y Rodrigo Ramírez -Gaspar-, Leonardo Quijano y
Ovidio Rincón, cuyas historias de vida, repasadas por ellos mismos en largas
entrevistas, pude recrear con una serie de crónicas titulada “Historias contadas”,
que publicó “La Patria” en 1979.


En realidad, eran breves biografías, narradas por los propios personajes,
reviviendo sus historias personales y de la ciudad, del departamento e incluso del
país, como las que tanto había leído en las páginas memorables de Stefan Zweig,
siempre en el marco de lo dicho por Carlyle en “Los héroes”: “La historia de la
humanidad es la biografía de los grandes hombres”.

Protagonistas de la economía

En Bogotá, donde llegué en 1982 al diario “La República” como periodista raso,
simple redactor o “cargaladrillos”, la pasión generada por tales historias, sobre
figuras representativas en Colombia, se fue acentuando con el paso del tiempo.
Hagamos un rápido recuento de tales hechos que se tradujeron en múltiples
entrevistas, reportajes y crónicas, fuentes, a su vez, de libros posteriores. Veamos,
a vuelo de pájaro, cómo fue aquello.

Dado que “La República” ya era “El primer diario económico del país”, hacia 1995,
cuando asumí la dirección general del periódico (trece años después de haber
llegado a ocupar los cargos de redactor, jefe de redacción, editor general y
subdirector), emprendí la ambiciosa tarea de buscar a los protagonistas de la
economía nacional o, por lo menos, a algunos de ellos, para escuchar sus
testimonios, no sólo de su gestión administrativa o académica, sino también de su
periplo vital, tan ligado a la historia del país, haciendo énfasis en sus antecedentes
familiares y otros aspectos personales, de carácter autobiográfico, que únicamente
ellos podían develar.

En total, llegaron a ser “50 protagonistas de la economía colombiana”, como
titularía la más completa edición del libro, donde también incluí a empresarios
representativos de diferentes regiones del país con base en el criterio fundamental
de que sus empresas son el principal motor de la economía, según lo
proclamábamos a diario, siguiendo los lineamientos trazados por el propietario y
presidente de la compañía, Rodrigo Ospina Hernández, héroe por excelencia de
mi vida periodística.

Tales personajes son, de hecho, protagonistas de la historia nacional, como el
expresidente Carlos Lleras Restrepo y el historiador Germán Arciniegas; ministros
de hacienda, como Abdón Espinosa Valderrama, Alfonso Palacio Rudas, Roberto
Junguito, José Antonio Ocampo y Joaquín Vallejo Arbeláez; más ministros del
área económica, como Hernán Echavarría Olózaga, Jorge Ramírez Ocampo y
Alberto Vásquez Restrepo; otras autoridades económicas y gremiales, como
Miguel Urrutia y Fabio Echeverri Correa; académicos, como Lauchlin Currie, Jorge
Child, Javier Fernández Riva y José Consuegra Higgins, o empresarios, como
Adolfo Arango, Alberto Araújo, Jorge Carulla, José Alejandro Cortés, Pedro
Gómez Barrero y, en Pereira, Alfredo Hoyos Mazuera, Guy Toulemonde y
Francisco Navarro.

Muchos de ellos fallecieron, pero ahí dejaron sus testimonios de vida que forman
parte de la historia económica y empresarial de nuestro país, como héroes que
son.

Más y más libros

A continuación, haré una apretada síntesis de los libros que fui publicando desde
entonces, relacionados especialmente con personajes a quienes -valga la
insistencia- considero héroes por sus proezas en múltiples campos de la cultura y
de la vida, descritos en crónicas periodísticas que narran sus biografías. Veamos.
Para empezar, “Historias y leyendas de pueblo”, sobre Marsella, mi pueblo de
infancia, fue el primer aporte a la historia local, remontándome a la colonización
antioqueña, de antiguos arrieros, en familias que aún sobreviven, al menos en el
recuerdo, tras la lucha que hemos debido librar contra el olvido.


Luego, biografías más amplias, como la trilogía en honor al maestro José
Consuegra Higgins, cuyo primer libro recibió un premio internacional de biografía
en 2002, o la de don Julio C. Hernández, cofundador de “La República”, junto al
expresidente Mariano Ospina Pérez, cuya titánica fundación describí en un
pequeño volumen titulado “Así nació La República.


En 2006, el libro “¿Qué hacemos con Colombia?”, con prólogo del exministro
Rudolf Hommes, abordó los grandes debates económicos con los principales
dirigentes del país, como los expresidentes Alfonso López Michelsen, Belisario
Betancur, Ernesto Samper, César Gaviria, Andrés Pastrana, Álvaro Uribe y Juan
Manuel Santos, quienes precedieron allí a otros destacados dirigentes políticos,
gremiales y académicos.


Por su parte, la Asociación Colombiana de Universidades -ASCUN- dio a la luz
pública, entre 2007 y 2010, mis biografías de Jaime Sanín Echeverri, Jaime
Posada, Omar Rayo y el pensador francés Edgar Morin, mientras la editorial
española Digital Reasons acogió, para su selecta colección “Argumentos del siglo
XXI”, el libro “Liderazgo con valores”, centrado en las enseñanzas de Jesús, modelo por excelencia del liderazgo trascendente, con valores espirituales y
morales.


En 2016, al ingresar -¡hace una década!- a la Academia Colombiana de la Lengua
como miembro correspondiente, decidí publicar mis Obras Escogidas en Amazon,
de las cuales van 22 tomos hasta hoy, siendo el último de ellos “Hechos y
personajes de la cultura en Pereira”, al que habrá de seguirle uno similar acerca
de Manizales, en desarrollo de la serie bibliográfica sobre la cultura en el Eje
Cafetero, donde se destacan más y más héroes de nuestra tierra.

El mundo literario

Antes de terminar, no puedo menos que volver los ojos a la literatura, mi mayor
pasión intelectual desde la adolescencia. De ahí nacieron tres libros de poesía,
incluidos en las Obras Escogidas: “Poemas para niños”, con su sección “El
Angelito”, dedicado a mi hijita menor, María Fernanda, fallecida a la temprana
edad de diez años; “Poemas de amor”, para mi esposa Marta, y “Nuevos salmos”,
en alabanza al Ser Supremo, nuestro Creador.


En 2021, para celebrar el sesquicentenario de la Academia Colombiana de la
Lengua, publiqué dos libros: el primero, donde desfilan varios escritores
universales, latinoamericanos y locales, como Cervantes, Shakespeare, sor Josefa
del Castillo y Julio Flórez, así como Rodó, Unamuno, Darío y Azorín, para cerrarse
con Luis Carlos González, sobre cuya poesía popular, romántica y humorística
versó mi disertación al posesionarme en tan prestigiosa institución académica.
El segundo libro, por su lado, aborda a poetas como García Lorca, Silva y Maruja
Vieira; a ensayistas como René Uribe Ferrer, y a historiadores, como Antonio
Cacua Prada, entre otros.Por último, en mi Antología de ensayos el lector se topa con Lautaro y Caupolicán, héroes de “La Araucana”; con “María”, la inmortal novela de Jorge Isaacs, en su mundo religioso; con el escritor polaco Jerzy Kozinski, “Desde el jardín”, y con novelistas estelares como Dostoievski y Sábato, Pérez Galdós y Rulfo.Más y más escritores que son, viéndolo bien, seres que están vivos en nosotros al darnos momentos felices en la lectura de sus páginas, motivo por el cual no puedo
sino reconocerlos como héroes de una larga vida intelectual cuyos días están
contados.

Héroes o ángeles

Han sido, pues, incontables los personajes decisivos, determinantes, en mi vida
personal, periodística y literaria, a quienes les debo el haber llegado adonde estoy,
contribuyendo en momentos claves para salir adelante en la vida, aún en
circunstancias difíciles, cuando más los necesitamos.

Todos nosotros, en verdad, tenemos esos héroes, gracias a Dios. O ángeles, dirán
otros. Por lo general, son familiares o amigos, compañeros de trabajo o maestros,
jefes o empleados, quienes nos siguen por algún tiempo y luego se pierden o
hasta fallecen, cayendo, muchas veces, en el olvido.


No hay que olvidarlos. Hay que mantenerlos presentes en el recuerdo, en la
memoria, y perpetuar sus nombres, como pretendí hacerlo en cientos de páginas
cubiertas de biografías, semblanzas y ensayos, crónicas y reportajes o poemas,
dejando constancia de sus acciones heroicas a lo largo de mi vida.


Son ellos, en fin, quienes merecen los aplausos en esta noche.