Fisiopatología del Estado, Diagnóstico y Terapéutica de una Democracia en Cuidados Intensivos

Foto diario El Tiempo

«Las ideas no duran mucho. Hay que hacer algo con ellas.»
Santiago Ramón y Cajal

por FERNANDO SALGADO MD. MSc*
En la gestión pública, el rigor técnico define el «qué», pero la dinámica política constituye el «cómo».
Como profesional de la salud y especialista en Alta Dirección del Estado, entiendo que una nación
no es un inventario inerte de leyes y rubros presupuestales, sino un organismo vivo cuya
supervivencia depende de la homeostasis, ese equilibrio dinámico y delicado entre sus sistemas
internos y el entorno. Cuando el Estado presenta disfunciones, no nos hallamos ante simples
incidentes administrativos, sino ante una patología sistémica que exige una intervención de alta
complejidad, superando la insuficiencia de las medidas paliativas o los denominados «pañitos de
agua tibia».
En nuestras latitudes, enfrentamos una epidemia de populismo que, debido a su persistencia, ha
adquirido un carácter endémico. El cuadro clínico internacional advierte un riesgo inminente, la
mutación de este fenómeno en una pandemia de irracionalidad que anule el pensamiento crítico.
Desde la perspectiva de la Medicina Tropical, entendemos que ciertas enfermedades presentan una
mayor prevalencia cuando se desatienden los determinantes sociales. La corrupción opera de
manera análoga al dengue, si los depósitos de recursos públicos carecen de vigilancia y el entorno
institucional (la justicia) se encuentra deteriorado, el vector de la deshonestidad prolifera a sus
anchas. Resulta fútil pretender mitigar la «fiebre» social si no se garantiza el saneamiento básico
institucional, agua potable, vivienda digna, empleo formal y educación de calidad. Sin estas bases,
el cuerpo social permanecerá inmunosuprimido, vulnerable ante la retórica de soluciones
simplistas.
Para su correcto funcionamiento, el Estado requiere una arquitectura neurológica íntegra. El Poder
Ejecutivo actúa como el lóbulo frontal, responsable de la ejecución, no obstante, sin la regulación
de la corteza cerebral (el Legislativo), el sistema deriva en una impulsividad peligrosa. El aparato
judicial constituye nuestro tronco encefálico, donde residen los reflejos vitales de la ley, mientras
que los órganos de control representan los pares craneanos, los sentidos que vigilan que el cerebro
no se desvíe. Un gobernante que intenta cooptar la Fiscalía o la Procuraduría es como un paciente
que busca anular su propia capacidad visual para ignorar el deterioro que refleja el espejo. Sin
independencia en el control, el Estado camina ciego hacia el precipicio.

Esta vitalidad depende también de una adecuada oxigenación democrática. El sistema respiratorio
del Estado, compuesto por la libertad de prensa y el diálogo social, permite el intercambio de gases
vitales, la entrada de oxígeno (crítica e ideas) y la expulsión de dióxido de carbono (tensiones y
opacidad). Cuando se obstruyen estas vías mediante la censura, el organismo entra en hipoxia
institucional. Esta falta de aire democrático genera un metabolismo anaerobio basado en la fuerza,
produciendo un «ácido láctico» social que fatiga los tejidos de la nación y conduce a una cianosis
política, donde el Estado se torna rígido y pierde su capacidad de respuesta.
Los recursos públicos representan el flujo sanguíneo del Estado. Actualmente, padecemos una
isquemia periférica, el corazón administrativo bombea recursos, pero estos se bloquean en las
arterias de la burocracia centralista, provocando necrosis social en las regiones periféricas. Aquí es
donde la transparencia debe actuar como el hígado del Estado, filtrando las toxinas de la corrupción.
Paralelamente, en el entorno digital, la desinformación muta en un carcinoma informativo que se
replica sin control, invadiendo el debate racional con metástasis de odio.

Erradicar el populismo. Ilustración de Avilés

LA PRESCRIPCIÓN NECESARIA
Sobre la Impresión Diagnóstica y Plan Terapéutico, el cuadro clínico es claro, una falla multiorgánica
por desatención de causas estructurales, una sepsis por impunidad debido a reflejos judiciales
anestesiados y un populismo endémico con riesgo pandémico. Así las cosas, mi prescripción para
Colombia es:

  1. Soporte Vital (Voluntad Política), para fortalecer los partidos como cuadros técnicos con
    doctrina, evitando el caudillismo empírico.
  2. Oxigenación Financiera (Flujos de Capital): Garantizar la entrada de «aire fresco» al sistema
    mediante una política fiscal eficiente y el fomento a la inversión. Sin recursos financieros
    líquidos que circulen sin obstrucciones burocráticas, el metabolismo del Estado se detiene
    por anoxia.
  3. Neurocirugía Estructural: Reforma integral a la justicia para extirpar el foco de la impunidad.
    Si el delito no genera una respuesta del sistema, el cuerpo social no aprende.
  4. Saneamiento Ambiental: Intervención sobre los determinantes sociales (agua, empleo,
    vivienda) para fortalecer la inmunidad del organismo frente al populismo.
  5. Factor Cardíaco: Humanizar la técnica mediante la empatía; el corazón es el motor que
    transforma el dato frío en bienestar real.
    A manera de conclusión, debo decir que la salud de nuestra democracia no depende de un milagro,
    sino de la homeostasis entre la inteligencia técnica y la voluntad política. Como señaló el Maestro
    Carlos Lleras Restrepo: “El Estado no se maneja con el corazón, sino con la inteligencia y una
    voluntad política organizada”. No obstante, para que esa inteligencia cure, debe estar impulsada
    por un corazón que lata por su gente y unos pulmones que respiren en libertad. Si no sanamos las
    instituciones hoy, mañana no habrá sistema nervioso que resista la crisis.
    *Fernando salgado Quintero MD MSC Especialista -MSc en Medicina Tropical Universidad de Liverpool
    Especialista Alta Dirección del Estado, Escuela de Alto Gobierno, ESAP.