Reflexiones de un jesuita sobre las fuerzas políticas en Colombia

por Luis Fernando Múnera Congote, SJ

Rector de la Pontificia Universidad Javeriana

Los colombianos estamos ante un ejercicio democrático en el que participar significa, ante todo, asumir una responsabilidad por lo común. En el fondo de todo proceso electoral subyace una pregunta importante: “¿cómo queremos vivir juntos?”. La pregunta resulta exigente en el contexto de una segunda vuelta presidencial que nos presenta dos visiones de país profundamente distintas. A ello se suma un escenario marcado por desconfianzas acumuladas, heridas abiertas, una deliberación pública crispada y empobrecida, emociones exacerbadas y el miedo al otro convertido en una poderosa fuerza política.

Desde la Universidad entendemos que el voto es indispensable y que este debe estar acompañado de una sólida cultura cívica y política. Si bien la historia no se define únicamente en las urnas, el tipo de ciudadanía que se ejerce antes, durante y después de votar puede marcar diferencias decisivas. Por ello, este es un momento para abrazar con seriedad la responsabilidad democrática.

Las elecciones suelen concentrar la atención pública en los candidatos, las campañas, las encuestas y los programas de gobierno. Es comprensible: en ellas se define quién gobernará el país y cuál será la orientación política en los próximos años. Sin embargo, el ejercicio democrático ciudadano no se agota el día de la votación.

Sacerdote jesuita Luis Fernando Múnera Congote.

CONVIVIR, DELIBERAR Y CONSTRUIR

Después del resultado, cualquiera que este sea, nuestro país seguirá aquí. Habrá una celebración, una derrota, tensiones emergentes y grandes expectativas. Nos levantaremos el 22 de junio en esta Colombia de desigualdades y violencias; de regiones, comunidades, jóvenes, familias y empresarios que buscan un mejor futuro; de instituciones que necesitan legitimidad y confianza; y de millones de ciudadanos trabajadores y creativos que desean un país más justo, pujante y respetuoso de la dignidad humana. Tendremos que preguntarnos, ese mismo día, qué está dispuesto a hacer cada uno desde sus espacios de influencia para que Colombia no pierda la posibilidad de reconocerse como una sociedad capaz de convivir, deliberar y construir un proyecto común.

No todos ocupamos cargos públicos o tomamos decisiones de gobierno, pero todos participamos en la construcción cotidiana del país.

La democracia es una forma de vida colectiva que nos convoca a participar, deliberar, cooperar, aprender juntos y a contribuir al bien común. La vida en sociedad la construimos los ciudadanos antes, durante y después de las elecciones desde los espacios cotidianos donde se edifica la cultura democrática: los diálogos familiares, las aulas, los grupos de amigos, los medios de comunicación, las redes sociales, el trabajo, las organizaciones sociales, las instituciones. También, en la manera como tratamos al que piensa distinto, como fiscalizamos a quienes gobiernan y en el tipo de liderazgo que valoramos. No todos ocupamos cargos públicos o tomamos decisiones de gobierno, pero todos participamos en la construcción cotidiana del país.

RECONOCER AL OTRO EN MEDIO DE LAS DIFERENCIAS

En todos esos escenarios como integrantes de la comunidad universitaria javeriana, estamos llamados a cuidar la verdad y la profundidad del debate, a cuestionar las simplificaciones que empobrecen la conversación pública y la complejidad de los problemas, a propiciar la escucha y a ser capaces de reconocer al otro en medio de las diferencias.

La calidad de una sociedad depende, en buena medida, del modo en que sus ciudadanos discrepan, participan y asumen las consecuencias de sus decisiones. A pocos días de la segunda vuelta electoral, la pregunta no es sólo quién llegará al poder sino cómo estamos asumiendo nuestra responsabilidad ciudadana: ¿somos consumidores acríticos de información?, ¿hemos permitido que el miedo y la indignación definan nuestras posturas?, ¿nos hemos limitado a ser espectadores de una disputa por el poder?

CUIDADO CON LOS ALGORITMOS

Un factor fundamental de la responsabilidad ciudadana es el tipo de relación que establecemos con la información. En un escenario de sobreinformación, desinformación y manipulación informativa, informarse exige desarrollar habilidades claves: verificar antes de compartir; distinguir entre información, opinión y propaganda; contrastar fuentes confiables; evitar versiones únicas y reconocer los propios sesgos. También implica identificar contenidos que apelan al miedo, la rabia, el escándalo, los insultos, los montajes, los datos sin fuente o los llamados urgentes a difundir, y entender que la mentira puede circular con apariencia de verdad. Ser ciudadanos responsables supone comprender que las plataformas digitales y sus algoritmos pueden amplificar ciertos mensajes y ocultar otros, ir más allá de los titulares, evaluar propuestas más que emociones o personajes y no dejarse atrapar en cámaras de eco.

Otra dimensión esencial de la vida democrática es nuestra capacidad de escucha: una escucha que intente comprender desde dónde habla el otro, qué visiones de mundo defiende, que historia personal y familiar lo marca, qué temores lo mueven. Una escucha capaz de entender que una sociedad se construye con los diferentes, no desde la derrota del adversario; que se interesa genuinamente por los otros, reconoce sus dolores, se pregunta por las causas profundas del malestar social y comprende que ninguna visión de país es sostenible si deja por fuera a una parte de sus ciudadanos. 

Debemos disponernos, entonces, a profundizar en las preguntas sobre el país que necesitamos construir juntos. Eso exige ir más allá de los intereses individuales y reconocer que el horizonte común se presenta, sobre todo, como la posibilidad de una alianza entre generaciones, territorios, saberes, trayectorias, memorias y esperanzas. Sabemos que las divisiones políticas actuales de nuestro país no surgen solo de opciones ideológicas diferentes, sino de una larga historia de desigualdades territoriales, exclusiones, inequidades sociales, violencias, conflicto armado, desconfianza institucional y memorias enfrentadas.

DAR CAUCE AL DESACUERDO

Vienen meses difíciles, en los que nuestra responsabilidad ciudadana deberá asumir los desafíos ineludibles de dar cauce al desacuerdo, tramitar las diferencias, tender puentes y crear las condiciones necesarias para reconstruir la confianza y para respondernos cómo queremos vivir juntos.

El conflicto existe en democracia; expresa visiones distintas sobre el desarrollo, la seguridad, la economía, la política, la paz, la libertad, el poder, la historia. En democracia debemos aprender a tratar con lo que algunos académicos llaman “extraños políticos”, así como con quienes nos incomodan, nos contradicen o nos generan desconfianza. Lo que resulta importante ahora es que como sociedad seamos capaces de tramitar el conflicto y evitar que este pueda derivar en exclusión, violencia, odio y pérdida de respeto por la dignidad humana.

Nuestra tarea como ciudadanos responsables, y desde nuestros propios espacios de influencia, será un trabajo cotidiano y paciente para contribuir a que las diferencias no destruyan la convivencia pacífica, no conviertan al que piensa diferente en enemigo, al lenguaje en arma de destrucción y a la política en un enfrentamiento violento. El escenario para hacerlo no es favorable porque hay heridas reales, memorias contrapuestas e intereses políticos para radicalizar.

De quien resulte electo esperamos que sea capaz de crear los vínculos que necesita la democracia y ejerza el poder como una responsabilidad pública y una oportunidad para cuidar lo común.