Varias veces adiós

por Isaías Romero

Mi padre se llamaba Ángel Romero Bertel. Era periodista y murió hace tres años (19 de marzo de 2023). Esta es la primera vez que escribo sobre su muerte y mi duelo. Bueno, la segunda: hubo una columna por ahí en el periódico La Opinión, a un año de su deceso, quinientas palabras que fueron un parto de trillizos.

La muerte de mi padre ha sido una de las cosas más dolorosas que he tenido que vivir. Siento que va a pasar un buen tiempo hasta que el olvido y la ausencia hagan su trabajo y normalicen la desazón. Infiero que todos los que han pasado por algo similar les ocurre esto en algún momento; algunos ya habrán salido de allí. Yo lo voy haciendo a mi ritmo. Aún me cuesta. Sé que hay personas que me quieren y que desean lo mejor, pero créanme que cuando se dicen cosas como: «ya es hora de ir superándolo», «tienes que pensar en otras cosas», «debes buscar ayuda», aunque muchas —en mi caso personal— debo decir las siento con buena vibra, y todas las demás inferencias que se hacen al respecto y quizá no oigo, son dañinas.

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Mi duelo ha sido complejo. Ya me sé de memoria eso de las etapas y también el que la gente asuma cosas que no son. Sin embargo, hay progresos que quiero compartir, cosas que van avanzando de manera diferente.

El primer adiós es que puedo hablar de él sin entrar en una dolorosa nostalgia. No se ve, pero es un gran avance. Creo que está totalmente superado, de hecho, y más adelante lo diré: ya puedo hablar de mi papá sin que se me enlagunen los ojos. Para que me entiendan un poco, estamos hablando de un tipo que realmente fue un gran padre, un gran esposo, un abuelo maravilloso, buen amigo y buen profesional; un tipo al que ninguno de sus defectos opacaba su esencia. Eso hace las cosas más difíciles.

Ya tengo una foto de él en el escritorio. Ese es otro adiós, un avance considerable. A veces le hablo. No conversaciones largas como quisiera, pero sí miradas, referencias, cosas pequeñas. Me gusta saludar la foto en la mañana, mirarla, hacer pequeñas consultas que tienen una respuesta silenciosa.

Ángel junto a sus compañeros en el inicio de COLPRENSA, con Orlado Cadavid a la cabeza.

Hay canciones que ya puedo escuchar; otras definitivamente no. Algunas he ido aprendiendo a oír y dejo que suenen sin correr a cambiarlas inmediatamente, como si fueran casuales, ignorándolas. Son formas de decir adiós varias veces, como cuando uno agita la mano creyendo que quien se queda la verá hasta que se pierda la imagen. La razón de la música es que, además de su contenido especial y particular, mi viejo tenía buen oído y era un melómano consumado. La vida de mi padre y buena parte de mi relación con él —y con mucha gente— estuvo alimentada por canciones. De hecho, mis sobrinos lo recuerdan también por ello: nutrieron, pocos días después de su muerte, un playlist con temas que les recordaban al viejo. El listado se llama Nono 2023. Cada canción es un momento o un recuerdo particular con él y con su forma de bailar.